 En mi vida, como en la de toda mujer, hay 3 hombres importantes: mi padre, mi marido y el gasfiter. De los 3, el que más da quehacer es el gasfiter. El padre no engaña nunca, el marido a veces y el gasfiter siempre.
A mi casa el gasfiter viene en promedio, 2 veces al mes y cada vez me da el trabajo garantizado por 3 meses.
No siempre viene el mismo, a veces cambio, por si tengo mejor suerte. El nuevo parece político de oposición, todo lo que ha hecho el otro está mal hecho.
Lo primero que hace al llegar es cerrar la llave de paso y dejar el almuerzo a medio hacer. Después desarma el W.C. y cuando tiene todas las piezas dispersas por todo el baño, se ausenta algunas horas para comprar los repuestos.
Cuando logra terminar el arreglo, emerge de la “sala de operaciones” con su maletín en la mano y todas las piezas inservibles dentro de él. El costo es ligeramente inferior al de una operación quirúrgica en una clínica privada.
El período de crisis y prueba, va de 2 a 3 semanas, como en un transplante de corazón, para ver si el injerto que hizo resultó.
Luego de pasar por esta traumática experiencia, he llegado a la conclusión que sería muy productivo si en los liceos se cambiara el estudio del estómago de los rumiantes, por las partes del estanque del W.C. Después de todo, es lo más lógico tener un baño en la casa, que una vaca.
Sería muy provechoso para la unidad familiar, preparar a las generaciones futuras para arreglar sus propias cañerías. Y por qué no decirlo, podría ser una oportunidad de acrecentar los lazos familiares, si todos estuvieran preparados y dispuestos a compartir una amena tarde de Domingo, arreglando una buena avería en las cañerías de la casa.
He dicho.
Versión libre sobre un artículo de Eliana Simon, Chile, Almanaque 18 Nº 70 de 1989 
 | Esto se hizo con un ánimo de humor, espero que no se ofenda ningún gasfiter, pues son muy necesarios y muy dignos, como todo trabajador. |
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