" A chuisle mo croí "

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Blog EntryAdiós a LhasaMay 20, '08 10:17 PM
for everyone

En su palanquín, sobre los hombros de los fieles, el Dalai Lama, de 15 años, huyó de la capital del Tíbet mientras el ejército chino avanzaba en 1950. “Los tibetanos devotos se apresuraban desde los asentamientos lejanos para verlo, ya que estar en su presencia otorgaba una bendición inconmensurable –escribió Heinrich Harrer, quien fungió como el joven tutor del líder y dio cuenta de su experiencia en la edición de julio de 1955 de National Geographic–. Se alineaban a lo largo del sendero desde Lhasa hasta el Valle de Chumbi, a unos 320 kilómetros al suroeste, con hileras paralelas de guijarros para proteger de los malos espíritus a su acosado rey”. El Dalai Lama logró regresar a Lhasa al año siguiente. Escapó de nuevo al exilio en la India tras un levantamiento tibetano fallido en contra del dominio chino en 1959, y no ha vuelto nunca.

Foto de Heinrich Harrer  (reportero de la película "7 años en el Tibet" con Brad Pitt)

Escrito por: Margaret G. Zackowitz el 30 de Abril de 2008       National Gographic


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De una cosa estamos bien seguros: la tierra no pertenece al hombre, es el hombre el que pertenece a la tierra.
Todo va enlazado, como la sangre que une a una familia. Todo va enlazado.
El hombre no tejió la trama de la vida. Él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo.
Ni siquiera el hombre blanco, cuyo Dios pasea y habla con él de amigo a amigo, queda exento del destino común. Después de todo, quizás seamos hermanos. Ya veremos.

Sabemos una cosa que quizá el hombre blanco descubra algún día: nuestro Dios es el mismo Dios. Vosotros podéis pensar que ahora Él os pertenece lo mismo que deseáis que nuestras tierras os pertenezcan.
Pero no es así. Él es Dios de todos los hombres y su compasión alcanza por igual al piel roja y al hombre blanco. Esta tierra tiene un valor inestimable para Él y si se daña provocaría la ira del Creador.

También los blancos se extinguirán, quizás antes que las demás tribus.
El hombre no ha tejido la red de la vida. Sólo es uno de esos hilos y está tentando a la desgracia si osa romper esa red.
Todo está ligado entre sí como la sangre de una misma familia. Si ensuciáis vuestro lecho, cualquier noche moriréis sofocados por vuestros propios excrementos.

Pero vosotros caminaréis hacia la destrucción rodeados de gloria y espoleados por la fuerza de Dios, que os trajo a esta tierra y que por algún designio especial os dio dominio sobre ella y sobre el piel roja.
Ese designio es un misterio para nosotros, pues no entendemos por qué se exterminan los búfalos, se doman los caballos salvajes, se saturan los rincones secretos de los bosques con el aliento de tantos hombres y se atiborra el paisaje de las exuberantes colinas con cables parlanchines.

¿Dónde está el bosque espeso? Desapareció.

¿Dónde está el águila? Desapareció.

Así se acaba la vida y sólo nos queda el recurso de intentar sobrevivir.


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Si decidiese aceptar vuestra oferta tendré que poneros una condición: que el hombre blanco considere a los animales de estas tierras como hermanos.
Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida.

Tengo vistos millares de búfalos pudriéndose abandonados en las praderas, muertos a tiros por el hombre blanco desde un tren en marcha.
Soy un salvaje y no comprendo cómo una máquina humeante puede importar más que el búfalo al que nosotros matamos sólo para sobrevivir.

¿Qué puede ser del hombre sin los animales? Si todos los animales desapareciesen, el hombre moriría en una gran soledad.
Todo lo que le pasa a los animales muy pronto le sucederá también al hombre. Todas las cosas están ligadas.

Debéis enseñar a vuestros hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre.
Todo lo que ocurre a la tierra le ocurrirá a los hijos de la tierra. Si los hombres escupen en el suelo, se escupen a sí mismos.

(Continúa)


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Por supuesto que sabemos que el hombre blanco no entiende nuestra forma de ser.
Tanto le da un trozo de tierra u otro, porque no la ve como hermana, sino como enemiga.
Cuando ya la ha hecho suya, la desprecia y sigue caminando.
Deja atrás la tumba de sus padres sin importarle.
Secuestra la vida de sus hijos y tampoco le importa.
Tanto la tumba de sus padres como el patrimonio de sus hijos son olvidados. Trata a su madre, la tierra, y a su hermano, el firmamento, como objetos que se compran, se explotan y se venden como ovejas o cuentas de colores.
Su apetito devora la tierra dejando detrás sólo un desierto.

No lo puedo entender. Vuestras ciudades hieren los ojos del hombre de piel roja. Quizá sea porque somos salvajes y no podemos comprenderlo.
No hay un solo sitio tranquilo en las ciudades del hombre blanco.
Ningún lugar donde se pueda escuchar en la primavera el despliegue de las hojas o el rumor de las alas de un insecto.
Quizás es que soy un salvaje y no comprendo bien las cosas.
El ruido de la ciudad es un insulto para el oído.
Y yo me pregunto: ¿qué clase de vida tiene el hombre que no es capaz de escuchar el grito solitario de la garza o la discusión nocturna de las ranas alrededor de la balsa?
Soy un piel roja y no lo puedo entender. Nosotros preferimos el suave susurro del viento sobre la superficie de un estanque así como el olor de ese mismo viento purificado por la lluvia del mediodía o perfumado con aromas de pinos.

Cuando el último piel roja haya desaparecido de esta tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por la pradera, entonces estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo.
Porque nosotros amamos este país como ama el niño los latidos del corazón de su madre.

(Continúa)


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El gran jefe de Washington ha mandado hacernos saber que quiere comprarnos las tierras junto con palabras de buena voluntad. Mucho agradecemos este detalle porque de sobra conocemos la poca falta que le hace nuestra amistad. Queremos considerar el ofrecimiento porque también sabemos de sobra que, si no lo hiciéramos, los rostros pálidos nos arrebatarían las tierras con armas de fuego.

Pero, ¿cómo podéis comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? Esta idea nos resulta extraña. Ni el frescor del aire ni el brillo del agua son nuestros. ¿Cómo podrían ser comprados? Tenéis que saber que cada trozo de esta tierra es sagrado para mi pueblo. La hoja verde, la playa arenosa, la niebla en el bosque, el amanecer entre los árboles, los pardos insectos... son sagradas experiencias y memorias de mi pueblo. Los muertos del hombre blanco olvidan su tierra cuando comienzan el viaje a través de las estrellas. Nuestros muertos, en cambio, nunca se alejan de la tierra, que es la madre. Somos una parte de ella y la flor perfumada, el ciervo, el caballo y el águila majestuosa son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el calor del cuerpo del caballo y el hombre: todos pertenecen a la misma familia.

El agua cristalina que corre por los ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si os la vendiésemos, tendríais que recordar que son sagradas y enseñarlo así a vuestros hijos. También los ríos son nuestros hermanos porque nos liberan de la sed, arrastran nuestras canoas y nos procuran los peces. Además, cada reflejo fantasmagórico en las claras aguas de los lagos cuenta los sucesos y memorias de la vida de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Sí, gran jefe de Washington: los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimento de nuestros hijos. Si os vendemos nuestra tierra, tendréis que recordar y enseñar a vuestros hijos que los ríos son nuestros hermanos y que también lo son suyos. Y por lo tanto deben tratarlos con la misma dulzura con que se trata a un hermano.

(Continúa)


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Su padre, Schweabe, fue un noble Suquamish de Agate Pass y su madre, Sholitza, era Duwamish de lower Green River.
Según varias investigaciones Seattle habría nacido en 1786 en Blake Island, una pequeña isla al sur de Brainbridge Island, durante las terribles epidemias, legadas por los pioneros blancos, que diezmaban la población indígena.
Cuando tenía 20 - 25 años Seattle es nombrado jefe de seis tribus, cargo en el que fue reconocido hasta su muerte.
Su primera mujer murió al nacer su hija Angeline.
Después de la muerte de uno de sus hijos, de sus segundas nupcias, fue bautizado por la iglesia católica, probablemente por padres oblatos (en los registros aparece inscrito como Noé Siattle).
Sus otros hijos fueron también bautizados.
Seattle es el portavoz durante las negociaciones (iniciadas en 1854) y firmante con otros jefes indios, del Tratado de Paz de Point Elliott - Mukilteo (1855) que cedía 2.5 millones de acres de tierra al gobierno de los Estados Unidos y delimitaba el territorio de una reserva para los Suquamish.

the last of mohicans - promentory


Photo AlbumIndios Norteamericanos (14 photos)Apr 16, '08 7:02 PM
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"Cuando el último piel roja haya desaparecido de esta tierra, cuando no sea más que un recuerdo su sombra, como el de una nube que pasa por la pradera, entonces estas riberas y estos bosques estarán poblados por el espíritu de mi pueblo. Porque nosotros amamos este país como ama el niño los latidos del corazón de su madre."
Jefe Seattle de los Suquamish. Along The River - Keith Bear

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